En
el mes de octubre nos visitan y paran a descansar en nuestro humedal muchas
aves que viajan en su migración anual. Una de ellas es el vistoso flamenco
común.
El
flamenco es un ave que ha tenido relación con el hombre en el ámbito
mediterráneo desde la antigüedad, ya que debía de ser muy abundante. Los egipcios lo consideraban una encarnación
viviente del dios del sol Ra. Para ellos
era un animal fabuloso capaz de arder cada día y resurgir al siguiente de sus
propias cenizas. Probablemente este
mito se forjo debido al espectáculo que ofrecen los bandos de flamencos cuando
levantan el vuelo al alba o en el ocaso.
Este
mito del Ave Fénix tuvo continuidad en la antigua Grecia, donde fue denominado
Phoenicopterus, palabra que los zoólogos han usado para designar el nombre del
género de esta llamativa zancuda. Para los pragmáticos romanos, el flamenco se
convirtió en algo no tan fantástico. Su
musculosa lengua era un exquisito manjar reservado a privilegiados
paladares. También sus huevos se
aprovechaban, lo que llevo a la
destrucción de muchas de sus colonias de cría y a la disminución del número de
ejemplares de esta especie.

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