Opinión
La playa del Pelaíllo, no la playa de Poniente que es un
nombre inventado por los munícipes de la década de los ochenta, es de los
motrileños que la conquistaron a partir de las primeras edificaciones realizadas
a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta.
Quien tenga memoria o conocimiento recordará que más allá de
las humildes casas de los pescadores de Santa Adela y la rambla de las Brujas,
no existían más que humedales y algunos cortijos de labradores.
La del Pelaíllo era una playa en plena naturaleza que empezó
a ser colonizada por los pisos de la Ballena Azul y por las chozas y casetas
que se montaban en verano algunas familias motrileñas.
El desarrollo urbano de las urbanizaciones y el posterior
trazado del paseo marítimo configuraron el entorno de esta playa, con una
considerable distancia hasta el rebalaje y la configuración de un espacio para
que, los cada vez más abundantes vehículos, pudieran aparcar y que los bañistas
accedieran a disfrutar de la playa, a pesar de los centenares de metros que hay
que recorrer por la arena hasta llegar al mar.
Es por tanto, la playa del Pelaíllo o la playa de Poniente,
una playa ganada por los habitantes de Motril a la naturaleza y que ninguna
normativa por muy legal y absurda que sea, les puede arrebatar.
Las administraciones deben estar al servicio de la ciudadanía
y no deben sentirse esclavos de éstas.
Es un contrasentido, cuando no un fastidio y un perjuicio,
trata de pervertir los derechos conquistados. Y los usuarios de esta playa han ganado
el derecho a aparcar en la misma.
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